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La fuerza de la Misericordia de Dios ante el mal

NO TE DEJES VENCER POR EL MAL

      En efecto, en determinadas circunstancias de la existencia humana parece que el mal sea en cierta medida útil, en cuanto propicia ocasiones para el bien. ¿Acaso no fue Johann Wolfgang von Goethe quien calificó al diablo como: «ein Teil von jener Kraft, die stets das Böse will und stets das Gute schafft», una parte de esa fuerza que desea siempre el mal y que termina siempre haciendo el bien?
     
     Por su parte, san Pablo exhorta a este respecto: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien» (Rm 12, 21). En definitiva, tras la experiencia punzante del mal, se llega a practicar un bien más grande.

     Me he detenido en destacar el límite impuesto al mal en la historia de Europa precisamente para mostrar que dicho límite es el bien; el bien divino y humano que se ha manifestado en la misma historia, en el curso del siglo pasado y también de muchos milenios. En todo caso, no se olvida fácilmente el mal que se ha experimentado directamente. Sólo se puede perdonar. Y, ¿qué significa perdonar, sino recurrir al bien, que es mayor que cualquier mal? Un bien que, en definitiva, tiene su fuente únicamente en Dios. Sólo Dios es el Bien. El límite impuesto al mal por el bien divino se ha incorporado a la historia del hombre, a la historia de Europa en particular, por medio de Cristo. Así pues, no se puede separar a Cristo de la historia del hombre.

 
     Lo dije durante mi primera visita a Polonia, en Varsovia, en la Plaza de la Victoria. Dije entonces que no se podía apartar a Cristo de la historia de mi nación. ¿Se le puede apartar de la historia de cualquier nación? ¿Se le puede apartar de la historia de Europa? De hecho, ¡sólo en Él todas las naciones y la humanidad entera pueden «cruzar el umbral de la esperanza»                                                                            (BEATO JUAN PABLO II, Memoria e identidad)