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Juan Pablo II: el sentido del dolor

Juan Pablo II: el sentido del dolor

Jacek Moskwa*

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"Vengo a ustedes como un testigo que ha experimentado el sentido y la importancia del sufrimiento". Era el penúltimo día de la visita de Juan Pablo II a Cuba, en enero de 1998, y el Pontífice pronunciaba una homilía en el santuario de El Rincón, no lejos de La Habana. No había multitudes. Una banda de músicos aficionados, pacientes de un hospital próximo, tocaba música sacra. La concurrencia eran leprosos, las caras carcomidas por la enfermedad, y niños ciegos. Antes de tomar la palabra, el Papa había caminado hasta una silla puesta delante del altar. Su fatiga era patente. En el curso de la histórica visita trabajó cuatro días casi sin descansar. Yo estaba allí como corresponsal enviado a cubrir sus actividades, y apenas podía con el ritmo agotador que nos había impuesto a todos.
Al leer la homilía, con voz monótona, evocó la parábola del buen samaritano: "...El mensaje de esta historia, y de todo el Evangelio, es que el hombre está llamado a amar mediante el dolor", dijo. No eran palabras vacías, pues el Santo Padre se acercó luego a los leprosos y trató de tocarlos y bendecirlos a todos. Con el rostro hinchado y los movimientos inseguros, casi parecía uno de ellos. Las lágrimas rodaron por las mejillas de una niña ciega cuando el Papa le acarició la cabeza. Todos los chicos, y hasta algunos encallecidos reporteros, terminaron llorando. Era ya el octavo peregrinaje de Juan Pablo II en que tenía yo el privilegio de seguirlo. En todos, el Papa había abordado el tema del sufrimiento humano con distintas palabras. Insistía en que el sufrimiento fortalece el espíritu del hombre. Cuanto más lo escuchaba yo, más notaba que él también sufría. Pero no fue hasta ese momento, en Cuba, cuando acerté a comprender el mensaje. Es un mensaje que todos, lo mismo católicos que no católicos, necesitamos oír y entender.

"Estaba enfermo... estaba en la cárcel..."
Sus palabras me hicieron retroceder 15 años. Corría el mes de junio de 1983 y yo estaba participando en los preparativos para la segunda visita del Papa a mi país natal, Polonia, que en ese entonces se parecía mucho a Cuba: hacía apenas 18 meses que la junta militar encabezada por el general Jaruzelski había parado en seco la revolución pacífica del sindicato Solidaridad. Todos ansiábamos oír lo que el Papa diría a quienes luchaban por la libertad. Un día, al conducir desde el pueblo montañés de Zakopane junto con mi jefe, tuvimos un accidente. De pronto oí un golpazo y no supe más hasta que desperté y vi que tenía inserto un tubo de drenaje en un pulmón que se me había desgarrado. El padre Palyga se había herido la cabeza.
A los pocos días, aún hospitalizados, vimos la llegada del Papa por televisión y escuchamos ávidamente su primer discurso. Al principio nos impacientamos aún más; el Papa parecía demasiado "suave" y no mencionaba la situación política del país. ¿Se iba a olvidar acaso de los que padecían por causa de la libertad? Entonces dijo de improviso: "Pido a todos los que están sufriendo que se acerquen. Lo pido en el nombre de las palabras de Cristo, que dijo: 'Estaba enfermo y me visitasteis; estaba en la cárcel y fuisteis a verme'. Yo no puedo ver personalmente a todos los que están enfermos, presos y afligidos, pero les pido que permanezcan cerca de mí en espíritu".
Al oír esto, tomado del Evangelio según San Mateo (25:36), el padre Palyga volvió la cara hacia la pared. Era un hombre recio, hijo de agricultores, y no le gustaba mostrar sus emociones. Yo pensé en todos mis amigos presos; los que podían ver la televisión u oír la radio sin duda ya se habrían dado cuenta de que el Santo Padre no había ido a reconocer a Jaruzelski. Estaba allí por nosotros: los afligidos y los aislados.

"El don del sufrimiento"
"Wojtyla es un auténtico atleta de Dios", decían, con un dejo de ironía, mis colegas de la sala de prensa del Vaticano cuando, a principios de los años 90, llegué a Roma.
El atentado que sufrió en la Plaza de San Pedro lo dejó malherido y lo obligó a pasar semanas en cama en la Clínica Gemelli. La gravedad de la lesión, y el lento pero exitoso restablecimiento, demostraron que el Papa aún podía resistir una bala de grueso calibre. Luego, en julio de 1992, el doctor Francesco Crucitti, quien lo había operado en 1981, le extirpó una considerable porción del intestino grueso junto con un tumor benigno. Los allegados al Pontífice estaban admirados de la paciencia con que había sobrellevado el dolor que el tumor le causaba antes de la operación. Y después, el mundo entero estaba otra vez pendiente de su convalecencia.
Cientos de millones de personas lo veían cuando, el día de Navidad de 1995, pronunció la bendición urbi et orbi. Después de decirla en francés, el Papa dejó escapar un suspiro. Intentó continuar en inglés, pero no pudo, y desapareció de la ventana. De la Plaza de San Pedro se levantó un murmullo de angustia. Unos momentos más tarde, Juan Pablo II volvió a asomar por la ventana y se despidió en italiano: "Discúlpenme, por favor. Tengo que descansar. Dios los bendiga".
(…) En el otoño de 1996 volvió a ingresar en la Clínica Gemelli, esta vez con apendicitis aguda. El día que lo operaron recibió un poema titulado: “A un amigo que sufre”. Cuando pudo levantarse, les dijo a los visitantes reunidos: "Mi enfermedad me ha hecho entender mejor los servicios que Dios me llama a prestar. Entre ellos está el don del sufrimiento". Antes de irse, Juan Pablo II fue a ver a los pacientes del pabellón de niños cancerosos; casi todos estaban desahuciados, y a algunos les quedaban pocos meses de vida. ¿Cómo conciliar el sufrimiento de una criatura inocente con la piedad de Dios? Ésta es una de las preguntas teológicas más difíciles. Juan Pablo II la respondió llevando a los pequeños su propio dolor, pero también un rayo de esperanza. Iba de una cama a otra diciendo: "¿Ves? Yo estaba enfermo, pero ya me voy a casa. Tú también te irás pronto a casa". (…)

El sentido del dolor
A los pocos días de que dieron de alta al Papa, el cartero me entregó una placa de acero plateado en la que aparecía el emblema de la Clínica Gemelli y la silueta de sus edificios. Era un regalo con que la institución daba las gracias a los reporteros que habían informado de la enfermedad del Pontífice. Lo puse en un lugar visible entre mi colección de medallas del Vaticano, y sólo entonces comprendí la importancia del pontificado de Juan Pablo II en el aspecto público. Siempre me había molestado la curiosidad de los periodistas sobre la salud de las figuras destacadas. Me parecía que se debía respetar la intimidad del Papa. Pero él mismo decidió ser franco al respecto, a diferencia de sus predecesores.
Le pregunté a un allegado del Santo Padre, el profesor Stanislaw Grygiel, el motivo de esta apertura. "El único que puede responderle es él", me dijo y, en vez de una declaración, me regaló una copia de un artículo suyo titulado "El sentido del sufrimiento en el mundo contemporáneo". De allí he tomado lo siguiente: "El sufrimiento y la muerte están para conducir al hombre hacia el futuro, y éste es el único modo de entenderlos. Por eso no deberían preocuparnos los muchos que sufrimos, sino los muchos que no sabemos cómo sufrir".
"El sufrimiento se analiza mejor a cierta distancia", le dijo el Papa al director de cine polaco Krzysztof Zanussi al comentar su encíclica Salvifici Doloris, de 1984, que, no obstante, está basada en la propia experiencia del Pontífice. Aunque es un documento de carácter universal, también es un mensaje muy personal y un intento de responder una interrogante tan antigua como la humanidad: ¿Qué sentido tiene nuestro dolor? Tras presentar ejemplos como el de Job, el buen samaritano y el mismo Jesús, el Papa concluye que el dolor "es sobrenatural porque está arraigado en el misterio divino de la Redención, y es también profundamente humano porque en él la persona se conoce a sí misma: su humanidad, su dignidad y su misión". Juan Pablo II dice: "Tú sufres y yo también, pero nuestro sufrimiento tiene un sentido profundo, y una dirección. El sentido del sufrimiento es el amor". Y en la encíclica agrega: "Cristo enseñó al hombre a hacer el bien mediante su sufrimiento, y a hacer el bien a quienes sufren". En esto, él parece ser el mejor seguidor de Cristo.
Cuando la gente lo ve presidir largas celebraciones y audiencias bajo el ardiente sol de Roma, en la Basílica de San Pedro y en otras partes del mundo, suele preguntarse si en verdad el Papa necesita soportar ese martirio. Aunque su dicción ya es lenta y vacilante, el Papa se da a los demás. Quienes han podido verlo de cerca en un acto multitudinario habrán notado que suele acabar con las manos hinchadas y arañadas de tanto contacto con los fieles. "Hay muchas maneras de comunicarse. Una es a través de las palabras, como hace el Papa en sus sermones, pero también hay mensajes no verbales, que transmite con su persona", comentó el cardenal austriaco Christoph Schönborn. "Cuanta más edad tiene el Santo Padre, más fuerte es su lenguaje no verbal".

"Morir es parte de la vida"
"Vivimos en un mundo que intenta erradicar el dolor, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte de la memoria individual y colectiva". Así se dirigió el Papa en junio de 1998 a los pacientes de la Casa Rennweg, un asilo para enfermos desahuciados de la agrupación Caritas Socialis, en Viena. Sus palabras iban destinadas "a todos aquellos que viven y trabajan en el mundo del sufrimiento y el dolor".
El Santo Padre no pronunció discursos; su mensaje se distribuyó por escrito durante una reunión en la capilla. Más tarde visitó a los enfermos que estaban moribundos en cama. De estos encuentros no hubo testigos, salvo la televisión vaticana, a la que sólo se permitió filmar de lejos y en silencio. Yo vi las imágenes en un estudio, en Viena: un hombre encorvado y cansado, vestido con hábito blanco, se inclinaba sobre los agonizantes. Me pregunté qué les habría dicho, si sería algo basado en el texto que se había distribuido: "El final de la vida nos enfrenta a preguntas fundamentales: ¿Cómo habré de morir? ¿Estaré solo o me acompañarán mis seres queridos? ¿Qué me espera después de la muerte? ¿Seré aceptado en la gracia de Dios? La tarea del personal de hospitales y asilos para enfermos terminales es responder estas preguntas con delicadeza y sensibilidad. Conviene hablar del dolor y de la muerte de tal modo que se disipe el temor. En realidad, morir es parte de la vida". Al leer esto pensé que, cuando Juan Pablo II se acercó a los moribundos, quizá no se haya valido de las palabras. Tal vez les predicó con su presencia. Después de años de informar sobre el Papa, mi conocimiento de él como hombre y como guía espiritual se ha profundizado necesariamente. Aunque es un asunto complicado, el dolor, como lo entiende el Santo Padre, es la puerta de la compasión y del amor. Si el legado de Juan Pablo II es ayudarnos a comprender esto, será un legado maravilloso.
*Jacek Moskwa, periodista y autor de varios libros, es corresponsal de la televisión polaca en el Vaticano desde hace nueve años.