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¿Cómo me habla Dios?

A veces por la voz de un amigo, de un vecino o de un desconocido

“Mi momento más difícil sucedió cuando una viejecita que sufría diariamente por una severa e intratable angina de pecho me preguntó qué era lo que yo creía. Era una pregunta válida; habíamos hablado de muchos otros temas importantes de vida y muerte, y ella había compartido conmigo sus fuertes convicciones cristianas. Sentí que mi cara enrojecía mientras balbuceé las palabras “no estoy seguro”. Su obvia sorpresa puso de relieve una prieto del que había estado huyendo durante casi todos mis veintiséis años: nunca había considerado seriamente la evidencia a favor o en contra de la fe.
   Ese momento me persiguió durante varios días. ¿No me consideraba a mí mismo como un científico? ¿Sacaba un científico conclusiones sin considerar los datos? ¿Podría existir una pregunta más importante en toda la existencia humana que “existe Dios”? Y sin embargo, allí estaba yo, con una combinación de ceguera deliberada y algo que solo podía ser propiamente descrito como arrogancia, al haber evitado cualquier consideración seria de que Dios fuera una posibilidad rel. De repente todos mis argumentos parecían muy débiles, y tuve la sensación de que el hielo bajo mis pies se estaba resquebrajando”

(Francis S. Collins, líder del Proyecto Genoma Humano, ¿Cómo habla Dios?. La evidencia científica de la fe. 8ª edición, p. 28)